viernes, 12 de septiembre de 2008

ensayo para este blog


quer marsaviliii

PASTORAL SOCIAL

Discurso de instalación
de Mons. Ricardo Tobón Restrepo, Obispo de Sonsón-Rionegro,
en el XIX Foro por la Paz
Rionegro, 11 de septiembre de 2008


Expreso mi saludo y mi cordial acogida a todos los participantes en este Foro por la Paz, que a lo largo de 19 años ha promovido la Diócesis de Sonsón-Rionegro. Doy una calurosa bienvenida, deseándoles una fructífera participación en este encuentro, a los sacerdotes y a las delegaciones de las parroquias; a los alcaldes y demás miembros de las administraciones municipales; a los personeros y concejales; a los representantes de las instituciones educativas y académicas, al grupo de dirigentes sociales y a los representantes de diversas empresas que hoy nos acompañan; a todos los hombres y mujeres aquí presentes que quieren ser obreros de la paz en el Oriente Antioqueño.

Agradezco de corazón a quienes, con esfuerzo y generoso empeño, han intervenido en la preparación de este Foro y a quienes recogerán y pondrán en marcha sus propuestas. Pienso especialmente en el P. Miguel Angel Salazar y en todos los que trabajan en la Delegación Diocesana de Pastoral Social; en el Dr. Fernando Valencia y su equipo de colaboradores en el Observatorio de Paz y Reconciliación del Oriente Antioqueño; en la Corporación Vida, Justicia y Paz y en Prodepaz. Expreso mi reconocimiento a quienes han aceptado la invitación a orientarnos con sus exposiciones en la reflexión de esta jornada. Agradezco a la Universidad Católica de Oriente y a todas las instituciones y organizaciones que, de una o de otra forma, han colaborado para la realización de este Foro.

Dentro de la “Semana por la Paz”, que, por iniciativa de la Iglesia Católica ha venido celebrando Colombia desde 1987, se abre de nuevo este Foro, que hoy quiere conmemorar la primera década de presencia y de servicios de la Corporación “Vida Justicia y Paz” en el Oriente Antioqueño. La Corporación, en efecto, inicia su camino en 1996, cuando ante el recrudecimiento del conflicto armado en la región, Mons. Flavio Calle Zapata, entonces Obispo de Sonsón-Rionegro, convocó lo que se llamó “Encuentro de Dirigentes del Oriente”, para analizar y buscar caminos de salida a la dura realidad de violencia que se vivía. Se programó el trabajo a partir de varias comisiones; una de ellas, la de “Vida, Justicia y Paz”, que por iniciativa de diversas organizaciones, en 1998, se transformó y constituyó legalmente como Corporación.

Desde entonces, para promover el desarrollo humano integral de los habitantes del Oriente Antioqueño, buscando que las personas, las familias, las comunidades, las instituciones públicas y privadas se solidaricen en el compromiso con el bien común y con la construcción de la paz, han estado presentes y colaborando con la Corporación importantes entidades y organizaciones que son verdaderas fuerzas vivas de la región. Creo que es mi deber resaltar el nombre y la labor que han realizado especialmente, entre otras, las siguientes: Gobernación de Antioquia, Consejo Subregional de Alcaldes, Cámara de Comercio del Oriente Antioqueño, Corporación Empresarial del Oriente Antioqueño, Asociación de Personeros, Universidad Católica de Oriente, Parroquias de la Diócesis de Sonsón-Rionegro, Juntas de Acción Comunal, Secretariado Nacional de Pastoral Social, Empresas Públicas de Medellín, PNUD, ASOCOLFLORES, CONFAMA, PRODEPAZ, MASORA, ISA, ISAGEN Y CORNARE.

La misión se ha cumplido a través de la realización de diagnósticos sociales, que permiten detectar la realidad e identificar las necesidades; de la colaboración interinstitucional que consiente el fortalecimiento y la ampliación de los diferentes proyectos regionales; de la participación activa en diferentes espacios locales y departamentales propiciando la representación y cooperación de la región en diversas iniciativas; del diseño y ejecución de planes y programas propios en los que se realiza la identidad y la función que tiene la Corporación. Es así como, según lo reconocen todos, la Corporación ha podido aportar no poco en diversas propuestas de humanización del conflicto armado en el Oriente Antioqueño, en la reconstrucción de algunos municipios devastados por la guerra, en el proceso de negociación con los actores armados cuando han hostigado la población civil, en el acompañamiento de quienes han sufrido el secuestro y, de un modo particular, en todo lo que se refiere a la educación para la reconciliación, la convivencia y la paz.

No puedo sino felicitar y agradecer a todos los que han hecho posible este camino y esta tarea a lo largo de diez años. Evoco por tanto, en primer lugar, la obra llevada a cabo por Mons. Flavio Calle en aquel momento inicial tan complejo y difícil. Expreso mi reconocimiento a Mons. Darío Gómez, quien me ha representado en la Junta Directiva; al P. Miguel Angel Salazar y a los que antes de él han sido directores ejecutivos de la Corporación; a quienes han puesto al servicio de la Corporación su inteligencia, su tiempo y su esfuerzo; a las entidades antes mencionadas cuyo respaldo y cooperación han sido definitivos; a todas las personas que han creído en la Corporación porque están convencidas que la paz auténtica se construye en un dispendioso proceso de educación, de diálogo, de reconciliación y de convivencia concertada.

La Corporación “Vida, Justicia y Paz” tiene un nombre y un puesto en el Oriente Antioqueño porque nació no en el momento en que se abrían los más promisorios horizontes y había dinero para administrar en los más distintos proyectos, sino precisamente cuando se veían ante todo oscuros nubarrones y a todos preocupaban la sangre y las lágrimas que cubrían este territorio. Por eso mismo, porque conoce la historia cruel de la guerra, porque ha hecho la experiencia de acompañar al pueblo y porque no tiene otro interés que servir desinteresadamente a la causa de la paz, a la Corporación le queda todavía mucho por hacer. Hoy, por consiguiente, no nos podemos quedar recordando lo que hemos hecho, sino que debemos seguir asumiendo, con pasión y de acuerdo con las necesidades del momento, la tarea de defender la vida, de instaurar la justicia y de construir la paz, si queremos tener un presente y un futuro mejores.

El momento que vive el Oriente Antioqueño debemos mirarlo, a la vez, con responsabilidad y esperanza. Asistimos a una rápida transformación cultural, a un significativo desarrollo industrial y empresarial, a una evolución social marcada por diversos factores y acontecimientos, que a nivel mundial y local, en las últimas décadas, han venido introduciendo cambios en nuestro modo de pensar y de vivir. Se ha logrado mucho en el manejo del orden público y tenemos, ciertamente, nuevas condiciones para vivir y trabajar; pero todavía no hemos terminado el camino. Creo que todos somos conscientes de que atravesamos un momento histórico que entraña promesas y amenazas. Si de una parte, puede ser inicio a un verdadero, integral y sostenible desarrollo del Oriente Antioqueño, de otra, puede dar lugar a una mayor inequidad, a una más triste desarticulación y, a la postre, a nuevas formas de injusticia, de violencia y de muerte.

Trabajar en la defensa de la vida, la justicia y la paz, no es algo facultativo, sino un apremiante deber que es preciso asumir, puesto que estos valores configuran la forma de ser con la que la persona humana y la sociedad están llamadas a caminar en la historia. Necesitamos, por tanto, que la Corporación “Vida, Justicia y Paz” continúe su servicio, especialmente a través de una permanente educación que contribuya a crear un nuevo humanismo, que supere la preeminencia técnica del producir sobre el convivir en paz y el construir una vida digna para todos. El Oriente Antioqueño no puede perder su identidad; no puede entregar a depredadores sus recursos; no puede dejar pasar, inconsciente e impotente, un proceso que le manejan desde afuera; no puede permitir que la desarticulación que genera el egoísmo y la falta de visión, le liquide su futuro.

No seríamos responsables si hoy no nos uniéramos para reflexionar e interactuar con el propósito de seguir de cerca el hilo de la historia, dando respuesta a problemas muy serios que nos presenta la transformación social que estamos viviendo. Quisiera hacer una simple alusión a algunos de ellos, que confío a la detenida consideración de Ustedes:

1. La pobreza está creciendo entre las personas más desfavorecidas, con síntomas alarmantes. No es posible tapar la inequidad y exclusión en que viven tantos hermanos nuestros.
2. La precariedad del Estado, donde cada día se enfrentan las ramas del poder público por razón de la intolerancia, amenaza la primacía y la estabilidad del interés nacional y del bien común.
3. El cambio cultural, tan difícil de orientar y hasta de seguir, tiene profundas repercusiones éticas y sociales en la familia, en la juventud y en la educación y algunos de sus efectos negativos van tomando carácter de irreversibles e incontrolables.
4. La migración y el desplazamiento no tienen todavía una solución definitiva y siguen cambiando el mapa de la Patria, desestabilizando grupos humanos, generando antivalores y retardando el progreso de los pueblos.
5. La construcción de la comunidad, que debe hacerse a partir de la educación ciudadana, del ejercicio de la democracia y de la reconciliación, pareciera tener hoy más sombras que luces y quisiera fundamentarse más en la fuerza y en la astucia que en una verdadera civilización del amor.
6. El conflicto armado sigue vivo, ensayando nuevas formas de expresión, aprovechando las ganancias de la guerra y preparando soterradamente las manifestaciones de poder que le permite el terrorismo. Seguirá vivo mientras continúen las causas que lo originaron.

Estos, entre otros problemas, perturban de diversas formas la región. Los vemos reflejados en lo que yo llamaría los “siete pecados sociales” que afectan el Oriente Antioqueño:

1. La indiferencia frente a la pobreza creciente, siguiendo la ley de que mientras yo esté bien no me importan los demás.
2. La cooperación activa o pasiva para que continúe o crezca la inequidad, ayudando a acrecentar la brecha entre los “dos orientes” de Antioquia, el rico y el pobre.
3. El aprovechamiento personal de dineros públicos y de agencias extranjeras, que deberían ir a eficientes proyectos para el bien común y a efectivas soluciones del hambre y del dolor de los pobres.
4. La politización de las víctimas que lleva a que, además de perder sus seres queridos y sus bienes, pierdan también la paz interior, cambiándoles el dolor por inadaptación y odio.
5. El éxodo de los campesinos de sus tierras, ahora cuando finalmente podrían tener una mejor calidad de vida, que los conduce a seguir sufriendo en otra parte, mientras algunos ricos de las ciudades construyen aquí sus búnker de egoísmo.
6. El descuido para un permanente cultivo de la paz mediante la justicia social, la educación en valores y la construcción de una sociedad con oportunidades para todos, suponiendo, porque ya no se escucha la explosión de bombas, que el conflicto armado se superó.
7. La falta de visión, de compromiso y de articulación para planear la región en su conjunto y aprovechar la oportunidad del momento para poner las bases de un sólido y permanente desarrollo.

Al instalar este Foro formulo los mejores votos porque ofrezca la posibilidad de una reflexión seria, de un diálogo fecundo, de un debate sobre propuestas concretas, de una más fuerte integración de todos, que nos lleven a ser más conscientes y a tener mejores herramientas para comprometernos con la causa de la vida, de la justicia y de la paz, tres valores que no pasan. Que este Foro sea también la ocasión de un relanzamiento de nuestra Corporación, cuyo servicio seguimos necesitando, pues no hay nada más peligroso que un aparente e inequitativo desarrollo o una paz mal construida. No podemos permitir, como hemos visto en las últimas cinco décadas, que la violencia siga evolucionando para refinar sus métodos y adaptar su rostro macabro a los tiempos.

Que Dios nos ayude; porque sin Dios no hay sentido último para la aventura humana, ni disponibilidad auténtica para convivir, ni motivación desinteresada para los nuevos líderes que necesitamos, ni fuerza suficiente para proseguir el camino, ni esperanza cierta para afrontar el futuro.